martes, 20 de junio de 2017

16.033, el número de la vergüenza


Este articulo ha sido publicado en La Marea el dia 20 de Junio del 2017. Lo encontrais en LA MAREA

El 20 de junio es el día de las personas refugiadas. Hace años, esta fecha merecía escasos titulares. Pasaba de soslayo; sin hacer ruido y por la puerta de atrás. La aparición de algunas noticias aquí y allá era fruto del constante compromiso de las organizaciones sociales que trabajan por la defensa de los derechos de quienes tienen que abandonar sus hogares. La situación dio un giro hace tres años. Desde entonces, mucho se ha publicado y no solo coincidiendo con ese día. En nuestra retina colectiva quedan imágenes de chalecos amontonados en las playas de Lesbos, el pequeño Ayllan Kurdy o la vista aérea de la patera del World Press Photo de 2015.

Qué ha pasado, entonces. Por qué hoy el día de las personas refugiadas merece tertulias, titulares, debates, críticas… Por qué se escriben numerosos artículos, se hacen amplias declaraciones y se organizan movilizaciones sociales. ¿Ha cambiado algo sustancialmente? ¿Hay ahora más población refugiada que hace tres años? ¿El problema es mucho más grave?

La respuesta sincera, es que no. El problema es grave, sin duda, pero no mucho más grave que hace unos años. La diferencia es que esta vez, una pequeña proporción de personas ha llegado a las playas donde nos bañamos en verano. A nuestra sacrosanta frontera. Pero el problema, en realidad, no es que no hayan llegado; el problema es que somos incapaces de acoger ni siquiera a un número testimonial de refugiados. El problema es que estamos incumpliendo la legislación internacional de la que la propia Europa se dotó por si tenía una tercera guerra y para garantizar los derechos humanos de quien se ve obligado a huir.


Mucho más allá de la mal llamada “crisis de refugiados”

Este día no se creó para dar respuesta a la mal llamada “crisis de refugiados”. Se creó porque, más allá de millón de personas que han llegado a Europa, hay 65 millones huyendo de sus casas por conflictos y 22,6 millones de personas refugiadas. Una cifra que asciende a 225 millones si se tienen en cuenta otras causas que expulsan a la gente de sus hogares. Este día se creó para esas personas. Para garantizar los derechos de quienes buscan refugio en el lago Chad, en Líbano, en Jordania, en Níger, en Honduras, Afganistán o México.

Seamos, pues, conscientes de que España en realidad se ha comprometido con una parte muy pequeña de la punta del iceberg. Una cifra ridícula de un todo enorme. Uno mínimo gesto que el gobierno es incapaz de cumplir. 17.337 personas, con sus vidas, sus sueños, sus planes de futuro. Esa cifra es el pedacito al que se comprometió el gobierno. De ella, aún quedan por llegar 16.033 personas; el número de la vergüenza de un Estado que no ha entendido qué significa estar en este planeta y que no entiende la política exterior excepto para comprar y vender (entre otras cosas, armas que, por cierto, atacan a algunas de las personas que buscan refugio).

Más que preguntarnos por qué llegan, deberíamos preguntarnos por qué se encuentran en una situación sin salidas que les expulsa de sus ciudades. Los gobiernos (incluido el español) no pueden eludir las responsabilidades internacionales –por acción u omisión– en los conflictos y crisis que provocan tales situaciones. Los expulsamos de sus países para no dejarles entrar en los nuestros.


Es cuestión de  justicia

Los compromisos de los Estados pobres y ricos son vergonzosamente dispares. Los seis países más ricos del mundo – que poseen más de la mitad del PIB mundial–  acogen tan solo al 8,8% de la población refugiada mundial. Los seis países que acogen a más de la mitad de los refugiados del mundo no tienen siquiera un 2% del PIB mundial. ¿De verdad pensamos que no hay capacidad? Lo que no hay  es voluntad política ni compromiso humanitario.

No se trata de generosidad, ni siquiera de solidaridad; es justicia. España debe responder a la legalidad internacional. El gobierno debe cumplir de una vez el compromiso que asumió con la Unión Europea. El tiempo se agota y no vemos voluntad ninguna para acoger a las 16.033 personas que tienen que llegar antes del 26 de septiembre. Inventar excusas y elaborar discursos enrevesados que eluden responsabilidades atenta directamente contra la dignidad de las personas refugiadas –e incluso contra la de la población española. Basta ya.

Este 20 de junio cientos de localidades salen a la calle para repetir una vez más que queremos que vengan, que queremos acoger. Exigiremos al gobierno que cumpla el mínimo al que se comprometió y que siga avanzando en la senda de la acogida. Le exigiremos que vaya mucho más allá de la ridícula punta del iceberg y piense en los 65 millones de personas restantes. No hacerlo, nos haría cómplices de una de las etapas más miserables e indignas de nuestra historia reciente.

domingo, 11 de junio de 2017

Cincuenta y seis motivos para la esperanza

Hace cinco años comenzó una pesadilla. La guerra ha sido la culpable de que amigos y familiares perdieran la vida violenta y repentinamente. Y de tener que tomar muchas decisiones difíciles, sin ninguna garantía y en poco tiempo. Marchar toda la familia o sólo unos cuantos porque no hay suficiente dinero o porque alguien tenía que mantener el negocio. Bloqueos, incomunicación y no saber nada unos de otros. Miedo. Caminatas. Estancias larguísimas a campos de refugiados. Decisiones aún más difíciles al abandonar los campos y caminar hacia Europa. Fronteras y mafias. El mar, una lancha inequívocamente insegura y un pasaje inmoralmente caro. Voluntarios que los reciben en la playa y que son la primera cara amable en mucho tiempo. Pero era un espejismo. Vuelven los problemas. Campos militarizados de refugiados. Dos años pendientes que te den permiso para quedarte o te echen gracias al acuerdo con Turquía. Y malviviendo en condiciones precarias.